Minuanes, Charrúas.

Pueblos originarios del centro de Entre Ríos.

La historia oficial ha invisibilizado a los pueblos indígenas de argentina, negó la existencia de otros e inventó invasiones que nunca existieron. En la actualidad somos 32 pueblos reconocidos como preexistentes.
  • 21-11-2011
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Por Admin Admin

Recuperacion de la identidad con las chicos
Recuperacion de la identidad con las chicos

En la Argentina somos  32 Pueblos Originarios organizados en más de 900 comunidades rurales y en organizaciones políticas de comunidades de un mismo pueblo en una o distintas provincias; hablamos 12 idiomas diferentes al castellano.

Somos, entre otros, los Pueblos Kolla, Mapuche, Qom (Toba), Pilagá, Mocoví, Tehuelche, Selk’nam (Ona), Mbya Guaraní, Ava Guaraní, Wichi, Diaguita, Huarpe, Tonocote, Rankulche, Chulupí, Chorote,  Tupí Guaraní, Chané, Tapiete, Charrúa, Sanaviron, Lule, Atacama, Omahuaca,  Ocloya, Tilian, Nivacklé, Tastil,  Vilelas y Comechingón.

A través del trabajo del Equipo de Comunicadores y Comunicadoras de Pueblos Originarios jóvenes de las distintas etnias comenzaron a recuperar su historia, desde Entre Rios los comunicadores Charruas comparten el siguiente Artículo.

¿Qué se sabe?

Puede sonar paradójico que con abundancia de textos escritos, poco se sabe realmente sobre los pueblos originarios de esta zona (Litoral, Entre Ríos, y, mas específicamente Villaguay); pero en realidad no lo es, si consideramos quienes, y desde qué cosmovisión y con qué intenciones lo han hecho, en que condiciones y sobre que fuentes  han basado esos escritos.

Entre los factores que han dificultado una descripción más cercana a la realidad del nativo en esta zona, están tanto la diversidad de grupos conviviendo en una misma región, como la diversidad de intereses, origen y formación de quienes han realizado dichas descripciones –y demás factores socio político culturales e históricos-.

Así es que a veces tanto escrito no hizo más que agregar confusión, produciendo un ocultamiento antes que una descripción de la realidad. Pero aún así, pueden extraerse muchos datos muy útiles que, cotejándolos con la actual realidad visible –palpable-, pueden darnos una idea acertada de una identidad nativa actual íntegra, contenedora de los primeros habitantes de nuestro lugar en su mas íntima esencia, a los primeros dueños de esta tierra – ya con el nombre de charrúa, guenoa, minuan.

Desde el principio

Se sabe que la vida tiene un único origen, que luego surgieron las diferentes especies y su evolución hasta la aparición del ser humano, hecho este que aconteció en el continente que hoy conocemos como África. Desde allí se dispersó por todo el planeta. En algún momento de su historia llegó a nuestro continente. Luego a nuestra zona. En su peregrinar (de miles y miles de años), las características fisonómicas fueron adaptándose a las necesidades del medio. Cada grupo que se establecía en determinado lugar fue conservando parte de esas características y adaptando las que fueran necesarias para su supervivencia. Lo mismo pasó con sus culturas, nacidas para dar respuestas a sus necesidades (de adaptación al medio y de sus agrupamientos y convivencia). 

Por acá …

Hasta la invasión europea a este continente (que comienza con la llegada de los españoles el 12 de octubre de 1492), los pueblos que habitaban en él vivían su propio proceso histórico dentro de su lógica particular, lo que luego de producirse la cruenta invasión se vio impedido de continuar, desviándose de su cause natural. 

A la llegada de los europeos los pueblos de este continente tenían particularidades que los distinguían entre ellos, y más, que los distinguían de los invasores –quienes habían desarrollado  su evolución por caminos muy diferentes a los que habían emprendido los pueblos de este continente-.

De Villaguay sabemos que por aquellas épocas habitaban grupos, pueblos, tribus o etnias de las cuales no hay referencias contundentes sobre como se llamaban a sí mismos. Sabemos que se los ha llamado –según la fuente y el momento histórico político de su nominación-, guenoa, minuanes, o charrúas –entre otras denominaciones menos difundidas (se sabe que se ha dado diferentes nombres a un mismo grupo o el mismo nombre a diferentes grupos)-. 

Despejando el panorama

Como se ha dicho, cada grupo humano –comunidad, sociedad, etc. -, ha desarrollado su cultura –su modo de vida, su modo de ser-, según sus necesidades en cada contexto  que le ha tocado atravesar –a fin de satisfacerlas-. 

Cuando otro grupo busca dominarlo, esas maneras de ser irán cambiando acorde a las nuevas circunstancias.

Lo escrito sobre el nativo siempre ha sido hecho desde la óptica del dominador, desde su lógica y cosmovisión.

Así, cuando el nativo hizo uso de los animales criados en las tierras que siempre había habitado cazándolos como siempre hizo; se lo llamó ladrón –pues habían pasado a tener dueños, cosa absolutamente ilógica -.

Cuando no quiso ser su esclavo dijeron que era haragán.

Cuando luchó por mantener su forma de vida, por defender su cultura, contra la imposición de otra que en nada lo favorecía, ser “charrúa” implicó ser destructor, arrebatado,  e infundios similares. 

Cuando las crónicas no estaban hechas con afán de dominación (aunque nunca lo estuvieron sin etnocentrismo), se ha dicho que eran solidarios, puesto  que “toma lo que encuentra según su necesidad y lo reparte comunitariamente”, se ha dicho que eran “tratables, guardan fe en sus contratos, castigan a los delincuentes…”, que “… viven en buena  armonía  con  todos  los  de los pueblos”, que “algo  que caracterizaba a la cultura charrúa  era la hospitalidad para con los extraños ‘aunque fueran enemigos’ y el cumplimiento de la palabra empeñada ‘aunque fuera a un enemigo’ …”, y, más recientemente, que “sus partidas eran étnicamente heterogéneas”, siendo sus comunidades, -por poseer estas características-, “un espacio dinámico alternativo al sistema” .

Y también se escribió, connotándolo negativamente, como propio de un ser sin entendimiento, que eran “poco afecto a aceptar ninguna forma de conquista.”, o que “Nadie determina sus operaciones, cada uno es dueño de las suyas...”.

A mas de quinientos años

Muchos de quienes sabemos de nuestra ascendencia nativa precolombina –al menos los integrantes de nuestra comunidad-,  hemos accedido a este conocimiento –el de ser descendientes de alguien auto identificado como nativo-, por testimonio de nuestros padres o abuelos, recordando a sus padres o abuelos decir ser –simplemente-, indios. 

Mas allá de poder acceder a este tipo de testimonio, la historia, la lógica, y diversas investigaciones tanto genéticas como sociológicas dan cuenta que –mas allá de lo que nos han querido imponer-, la mayoría de los habitantes del centro de la provincia somos descendientes de aquellos pueblos originarios (y también     de     nuestros     hermanos africanos inmigrados por la fuerza en millones para ser  esclavizados).

Hoy, a quinientos años y aun con las modificaciones / adaptaciones que hemos debido realizar, es posible identificar muchas características que han sido rasgos distintivos ancestrales del nativo de esta zona, y que son fácilmente de ver en nuestro medio, principalmente –y coherente con la lógica histórica a la que se  nos ha empujado desde la invasión-, en las zonas periféricas, en los sectores más humildes tanto del campo como de la ciudad.

¿Qué hacemos?

Hoy está haciendo falta la asunción  de nuestra propia historia. La asunción de que nuestra manera de ser  no es ni más ni mejor que otras, pero tampoco menos o peor. Que el fracaso y la marginalidad a la que se nos ha condenado son por causa de la avaricia, el egoísmo e individualismo de los sectores dominantes, y no de nuestra esencia, que es solidaria, hospitalaria, comunitaria. 

Entender esto es indispensable para comenzar a plantearse seriamente salir de la situación de opresión.  Como también entender que es necesario aprender los códigos del dominante, comprender su cultura, pero no por que sea mejor, sino por ser la que rige el sistema en el  cual  estamos   inmersos    –  como dominados, como oprimidos, pero inmersos-.

Entonces los posibles caminos deberán contener este conocimiento y comprensión de la cultura dominante para saber en donde nos estamos moviendo –y contra qué debemos luchar-, y, muy especialmente, conocer y valorar la cultura propia, promover su desarrollo - creando, innovando, tomando críticamente y adaptando lo que nos sea útil de otras culturas-,  para así, plantear las estrategias necesarias en procura del logro de la vida plena que nos merecemos.

 

 

 


Fuente: Equipo de Comunicadores de Pueblos Originarios